Las BarracasEl paso por las barracas es una cita obligada para todo aquel sanferminero que tenga un niño cerca. Ya sea tu hijo, tu primo o tu sobrino, ya puedes ir aceptando que tarde o temprano te lo vas a tener que llevar a dar una vuelta por las barracas. Y es que, de lo contrario, el crío se pasará los siete días de fiestas repitiendo “llévame a las barracas, llévame a las barracas, llévame a las barracas…” gritando cada vez más. Ningún tímpano soporta eso.
Pero no se les puede culpar, porque para un niño, un sitio con atracciones como el toro mecánico, el saltamontes, la noria o la (supuesta) casa del terror, es lo más parecido al paraíso. Además, los niños no se irán de las barracas sin pasar por alguno de los puestos degustar manjares que un dentista prohibiría sin dudarlo. Gusanitos tan naranjas que les falta poco para brillar en la oscuridad, esa especie de pelusa dulce que llamamos algodón de azúcar o las pringosas manzanas de caramelo. Si tras comer una piruleta, al niño ya se le quedan las manos pegajosas, tras comer una manzana de caramelo el chaval puede acabar trepando por las paredes con más habilidad que Spiderman.
Pero las barracas no son sólo territorio de los más pequeños, ya que a medida que va cayendo la noche, aquello se va llenando de jóvenes que sacan el niño que llevan dentro. Hay que advertir que probablemente el juerguista llevará ya alguna copita encima, y si bien es cierto que el alcohol puede hacer algunas barracas más divertidas, haberse tomado un katxi de kalimotxo no es muy efectivo para algunos puestos. Por ejemplo, en el tirapichón podemos descubrir que nuestra puntería no será digna de un western, que digamos. Así, no encontraremos con que si queríamos romper el palillo del mechero del Che Guevara, le acertaremos a otro de pura chiripa y nos endiñarán el llavero de Ronald McDonald. Igualito, igualito, vamos.
Así como el niño irá a las barracas del brazo de un familiar, el juerguista escogerá como compañeros a sus amigos, bastante dados a la parranda, como él. Y es que tienen una táctica clara, “cuantos más vayamos, más posibilidades de que alguno se lleve algún premio”. Para esta filosofía hay barracas que son ideales, como la “carrera de camellos”. Aquí la estrategia es que la cuadrilla tenga el mismo número de integrantes que camellos compitiendo. De esta forma uno tendrá regalo, que por supuesto pondrá en común. Claro, que si la partida cuesta dos euros, los amigotes se llevarán un “precioso” peluche de Pikachu de metro y medio valorado en cuatro euros por más o menos veinticuatro. ¡Chollazo! Además, conviene no encariñarse demasiado con el pokemon, porque tarde o temprano se extraviará, nos lo robarán o perderá al menos dos de sus extremidades. Pero bueno, así nos habremos deshecho por fin de ese peluche que no le gustaba a nadie y habremos ganado una nueva anécdota de San Fermín.
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